Viernes 25 de febrero del año 2005 Sucre - Bolivia

Pesadilla sobre la guerra civil

Winston Estremadoiro

No conozco al señor Aramayo, ni sé si es descendiente del grande de Chichas. Lo que me viene a la memoria es que sucede al que otrora fuera Rasputín del zar de CONDEPA y su zarina, en la dirección del ente -¿es un pájaro, es un avión? no, ¡es súper Constituyente!-, que tiene a su cargo llevar a feliz término la asamblea refundadora de Bolivia. Ojala que tal coordinador no sea pájaro de mal agüero, ya que el otro día consideró la guerra civil como un escenario posible de la solución del nudo gordiano del país.
Nudo que se parece a los que una hija amada ata en la hamaca, que me hacen clamar por la espada de Alejandro Magno para resolver con certero tajo moños más enrevesados que los de la lanza atada en el carretón de Gordias, el nudo boliviano es desafío imperioso de una situación complicada. Una que sólo se resolverá con acciones rápidas y decididas, que ojala no traiga algún espadachín de botas al escenario político, mal recurrente de otros tiempos que es como la terciana: siempre está por ahí.
¿Será que la guerra civil está incubando en Bolivia? Comparando la situación española de los años 30, antes de su hecatombe, se dan varias similitudes. Salvador de Maradiaga llamó la guerra de la tinta a una etapa previa repleta de opiniones encontradas; ya estamos en ella. Más aún, hace años que sufrimos la guerra de las ampollas, como pudiera llamarse esta época de marchas, bloqueos y algaradas que impactan a la economía del país como un estado de guerra.
Movimiento cívico militar y Cruzada, guerra nacional y revolucionaria del pueblo español, fueron nombres que le dieron uno y otro bando al desangramiento hispano, al que se refirió algún historiador como el "enfrentamiento de dos entusiasmos". Hoy los entusiasmos de los bolivianos se van agrupando -como cuando se "desfragmenta" el disco duro de una computadora-, con la constituyente por un lado y las autonomías departamentales por el otro.
Pena que la dicotomía se plantee así, permitiendo que los extremistas –tanto los agitadores de la gleba como los que manejan la pluma con discursos obsoletos de los 60- acomoden el tema asociando a los abanderados de la autonomía como oligarcas, y cambas por añadidura. ¿Sabrán que en el Comité Cívico cruceño hay representantes de las 4 etnias de Santa Cruz?
En la guerra civil española, los nombres escondían dos concepciones ya presentes en las elecciones de febrero de 1936 —que supusieron el triunfo, por corta ventaja, de la coalición de izquierdas agrupada en el Frente Popular— y que se venían gestando desde la proclamación de la II República en abril de 1931. En Bolivia, dos concepciones opuestas también habrán cuajado, irreconciliables, si se realiza la Constituyente como la proponen los demagogos del populismo étnico y se funda la nueva república sobre esas bases.
Por ejemplo, para el cacique cocalero que quiere ser presidente, refundar el país significa que la casa nacional del futuro tenga 36 autonomías étnicas. Disparate que ignora lo esencial al construir y que no se ve: los cimientos, las alcantarillas, los drenajes. Tal analogía expone la ridícula fijación de los demagogos populistas con lo político-social, relegando lo económico a plano subalterno. Sarta de ¡nyet! es la que rechaza el TLC activador de empleos en El Alto. Que resiste la aceptación de una ley de hidrocarburos justa, pero sin botar la guagua con el agua del bañador. Que expulsa empresas foráneas sujetas a indemnización, negándose a pagar por lo que invirtieron. Todo mientras Bolivia es un mendigo al que los países caritativos están podridos de dar limosna, sabiendo que en su andrajoso petate esconde un talego de monedas de oro.
Refundido el país bajo el reino de la oclocracia –esos "movimientos sociales" que hoy se endiosan- la siguiente justa electoral llevaría al gobierno a Evo Morales. Este no tiene ni la foja militar de su padrino venezolano, ni los  $30.000 millones anuales de ingresos petroleros de ese país. Menos la prudencia, visión de patria y pasta de estadista de Lula da Silva. Siendo el cocalero tan torpe como un buey en tienda de porcelanas, polarizaría aún más las posiciones en el país. Una docena de líderes emergentes del populismo étnico, aleccionados por el éxito del cocalero que llegó a Presidente, darían al país dieta insoportable de bloqueos, manifestaciones, expulsión de transnacionales y cierre de válvulas petroleras que precipitaría el conflicto civil. Porque Santa Cruz, Tarija, hasta El Alto productivo, no se prestarían a seguir perdiendo oportunidades de trabajo y progreso.
El libreto del sainete boliviano podría entonces ser copia de 1971, con un movimiento cívico-militar que encumbre a otro dictador primero, demócrata después. También, con un chileno a cargo de la OEA, podrían mandar los cascos azules a Bolivia, como hicieran con Haití hace poco.
Pero si se diera una real guerra civil en Bolivia, el equivalente a Stalin y las Brigadas Internacionales apoyando a un bando, y a Hitler y Mussolini apoyando al otro, serían Venezuela y las FARC colombianas por un lado; Brasil y Argentina mandarían ejércitos auxiliadores del otro bando para asegurar el suministro de gas y salvaguardar sus inversiones petroleras. Chile está listo para cumplir el papel de perro de presa del gendarme internacional y reanudar la provisión de gas argentino con gas boliviano que lo compense. Al cabo, algún jerarca estadounidense ya ha considerado desatar el nudo gordiano boliviano con una partición polaca del país. A eso nos está llevando la estupidez colectiva y la falta de gobernantes que gobiernen haciendo cumplir las leyes.
Pero todo esto fue solo una pesadilla mía. ¿Sólo mía?

 

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