Sábado 17 de enero del año 2004 Sucre - Bolivia

  CONTRAPUNTO  

La compensación territorial

Ramiro Prudencio Lizón

Con el fin de que una nueva negociación sobre la cuestión marítima no se malogre como sucedió en todos los intentos efectuados en el pasado, es menester que nuestro gobierno y la opinión pública tengan presente de antemano el crucial problema de la compensación que se otorgaría a Chile por el territorio que supuestamente nos cedería al norte de Arica.
El problema de las compensaciones a Chile ha sido la causa principal del fracaso de las tres principales negociaciones que se llevaron a cabo en la segunda mitad del siglo veinte, las de 1950, 1975 y 1987. En dichas negociaciones hubo acuerdo sobre la solución de nuestro enclaustramiento, en base a la cesión chilena de una franja al norte de Arica. Pero en lo que no hubo fue precisamente en la compensación que se debería otorgar a ese país a cambio de ese corredor.
El asunto de las compensaciones es "tabú" en Bolivia. Esto ha determinado que nuestros internacionalistas se dediquen más a estudiar posibles soluciones al problema marítimo y dejen de lado este espinoso tema.
Si Bolivia no acepta entregar compensación alguna, vanos serán los esfuerzos que se hagan para convencer a Chile de que acepte tratar la cuestión de nuestro enclaustramiento y no habrá organismo internacional que lo obligue a hacerlo.
Es evidente que a nuestro pueblo le repugna la idea de la compensación territorial. Pero si se rechaza esa contingencia, ¿con qué se podría compensar a Chile?
Algunos compatriotas se han inclinado en el pasado por el desvío de aguas dulces del Altiplano hacia la costa chilena. Pero ya en la negociación de 1950, durante la gestión del embajador Ostria Gutiérrez, se comprobó que Bolivia posee muy escasas aguas en la puna ya que las más importantes, las del lago Titicaca, no las puede utilizar unilateralmente, porque el lago es un condominio boliviano-peruano.
Otros han sugerido indemnizar a Chile con la comercialización del gas y quizás también de otros productos agrícolas o mineros. Pero, aparte de que una transacción de esta índole es inicua, ya que dejaría a Bolivia como país dependiente por muchos años, existe el rechazo chileno a dicha posibilidad. En la negociación iniciada en Charaña, Chile argumentó que la solución marítima debía conllevar la supresión definitiva de toda queja posterior. Por esta causa, no podía admitir que en el futuro se lo pudiera acusar de ser explotador de un país pobre.
Hay que tomar en cuenta asimismo, la convicción chilena de no permitir una reducción de su territorio. Así lo manifestó terminantemente el gobierno de La Moneda durante la negociación de Charaña. En esa oportunidad el propio presidente Pinochet declaró al embajador Violand que no se podía retirar la exigencia del canje territorial porque ni él ni ningún chileno estaba facultado para "achicar" (sic) el territorio de su país.
La única alternativa es, pues, el canje territorial, tal como Chile lo propuso en la negociación de 1975. Y es conveniente recordar para el efecto, que existe un antecedente sobre el particular: el Protocolo de Canje de Territorios de 1 de mayo de 1907, mediante el cual Bolivia cedió a Chile la zona comprendida entre el cerro Chipapa y el Volcán Olca y recibió a cambio la del cerro Patelán al Alto de Panantalla. Esta operación se llevó a cabo con el fin de mejorar la ruta del ferrocarril Antofagasta-Bolivia.
Si Bolivia aceptó canjear territorios con objeto de regularizar mejor el tránsito de un ferrocarril, ¿por qué no lo haría por algo verdaderamente fundamental como es el libre acceso al mar?
Sabemos que todos los graves inconvenientes que existen en nuestro comercio exterior se superarían si Bolivia contase con una salida propia y soberana al mar. Nuestro país debe efectuar un sacrificio para conquistar su independencia económica; y el canje territorial puede ser considerado como tal, aunque muy relativo, pues con él la superficie de los dos países quedaría igual.
En consecuencia, la idea sustentada por algunos políticos e internacionalistas de que nuestro país ha perdido mucho territorio y que no se debe por ello ceder ningún otro, es simplemente absurda. Con un canje no se gana ni se pierde territorio. Sólo que con el trueque de territorios Bolivia habría alcanzado, después de más de un siglo de enclaustramiento, ser ribereño del Océano Pacífico, y de este modo, se libraría de la penosa dependencia que actualmente vive respecto a su comercio exterior.

 

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Ramiro Prudencio Lizón

 
 
 

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